Hay que admitir la verdad de la historia: la educación es un campo de batalla en el que han fracasado varias generaciones de dirigentes de nuestro país. Eso que en el pensamiento dominicano se conoce como “el camino hostosiano”, fracasó en la sordidez cotidiana del trabajo político. La prédica educativa de Eugenio María de Hostos era también una bitácora de redención social, porque sin la educación los pueblos están a merced de los dictadores y embaucadores de turno. Legitimando al trujillismo, Manuel Arturo Peña Batlle descalifica las propuestas de Hostos: “El único esfuerzo plausible de transformación se redujo a la utopía de una revolución pedagógica que proporcionara, demasiado lentamente, los elementos indispensables a una futura transformación política. Aquello no tuvo tangencia apreciable con la estructura social del país y fracasó rotundamente” –afirma-.
Peña Batlle tenía razón, pero lo que en realidad fracasó no fueron las ideas del hostosianismo, sino el país. Con la amarga excepción de los gobiernos de Ulises Francisco Espaillat y el de Juan Bosch, la educación nunca ha tenido “tangencia apreciable con la estructura social del país”, y los dirigentes de nuestro proceso histórico siempre la han postergado. No en balde las ideas de Hostos tuvieron que batallar contra dos dictaduras, la de Ulises Heureaux (Lilís), y la de Trujillo; porque la educación es irreconciliable con el espíritu despótico del autoritarismo.
Como nuestra historia está llena de gobernantes que se aferran al poder con una vocación de eternidad, y la inversión en educación no paga dividendos inmediatos, el déficit educativo es también el fracaso de la dirigencia nacional. El mejor ejemplo es el concepto de prioridad del presidente Leonel Fernández. El ejército de maestros con el que aspiró a gobernar Ulises Francisco Espaillat, parecía entonces una decisión emotiva. Pero hoy día los estudios demuestran que la inversión en educación es el mejor instrumento de producción de riqueza de un país, y el modo más eficaz de atacar la pobreza. La ecuación es tan simple que ya ni siquiera es necesario demostrarlo. Quienes leyeron en 1998 el “Informe de la comisión sobre educación, equidad y competitividad”, del PREAL, quedaron anonadados por el deterioro de nuestro sistema educativo. Pero quienes volvieron a leer los resultados del “Laboratorio latinoamericano de evaluación de la calidad de la educación”, en 2008, pudieron comprobar que la República Dominicana quedaba en el último lugar entre quince países.
Lo alarmante no es verificar que en diez años la inversión pública privilegió las obras suntuosas, el pago al transfuguismo, la corrupción y el despilfarro, en detrimento de una mejor oferta educativa; sino saber que ese descalabro es intencional, que forma parte de toda la estructura de dominación, y que perpetúa la inequidad sobre la que se empina la interactuación social de los dominicanos. ¡Nadie mejor que Leonel lo sabe!
Por Andrés L. Mateo













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